30 dic. 2006

2 días



Estoy tomando a pequeños sorbos los últimos momentos del año 2007. Muy pequeños. Hace tiempo, el vértigo de estar mira de estar mirando hacia el vacío que ocupa el espacio que va desde el final de la última hoja del calendario hasta el aturdimiento de algún que otro hemisferio de mi cerebro me hubiera dejado un poco más al sur de mi cuerpo, muy adentro de mi zona abdominal, otro vacío, mi mirada vacía, mi mirada mirando hacia ninguna parte.

Ahora no. Ya no. He descargado de símbolos las últimas horas de lo que damos en llamar el año, porque al cabo son eso, símbolos que nos recuerdan que ha pasado otro año; aunque otro año para el que nació un 31 de diciembre, no para mí. Es difícil abstraerse de la violencia de los símbolos cuando se comparten a tan gran escala, lo sé. Así que, para aquellos que hayan superado su etapa existencial, vaya este breve texto de despedida del año, porque al fin y al cabo estos momentos son como otros, indiferentes y anodinos, para quienes sean anodinos, o brillantes o felices o vaya usted a saber qué.

Nos vemos el año que viene. ¿Véis qué tontería? El año que viene será dentro de un par de días, una semana a más tardar.

Disfrutad pues de las noches que quedan por delante, que, aunque exenta de símbolos para mí, al menos quedarán para compartir con amigos, pareja y todo quisque con ganas de juerga. Salud, sexo, rocanrol y jazz para todos.
Gilgamesh' brave new world

26 dic. 2006



A todos los que habéis estado ahí este año, sin excepción alguna. Gracias.

21 dic. 2006

Que no se marchitan


A veces las palabras dicen más de lo que arbitariamente representan en tanto que símbolos, son abstracción pura, pero están dotadas de un poder que las sobrepasan. El acto de comunicar, cualquiera que sea el medio donde se dé, trasciende las fronteras de lo dicho; la palabras son entonces barcos que, una vez echados a la mar, rara vez encuentran un puerto donde refugiarse, si al frente de la nave se encuentra un mal patrón que ignora lo que tiene entre manos.


Es una cuestión discutida durante mucho tiempo, y en esas que siguen los lingüistas, intentando desentrañar la maraña de una palabra detrás de otra, en el discurso oral, esos tonos, subtonos, elipsis en el escrito, metáforas, hipérboles... Palabras, y más palabras, parole, parole... Palabras que son inmarcesibles, inabarcables, dulces, que te acarician la lengua y la mente, azul, juguetean entre acentos, libélula, vagan por los siglos, albahaca, resuenan, corrompidas, bisbisean, alardean ante las miradas caleidoscópicas sobre las vías del tren, esperanza, cielo.

Palabras y más palabras, herramientas de taller en mis torpes manos, objetivo de la búsqueda de un sentido, de varios sentidos, sin sentido quizá, en pleno uso de mis facultades, o en desuso de alguna otra. Las palabras son, al cabo, las que nos dicen, nos desdicen y nos retratan. Su conocimiento, su uso, su abuso en otras ocasiones, nos definen como lo que somos, lo que nos gustaría ser, lo oculto y lo ocultado, como una suerte de juego del escondite con un dios interno y menor, escudriñador de nuestras palabras.

Sirva esta excusa como excusa para hablar de la perfección de una dama encontrada, de la encantadora belleza de una palabra que es todas las palabras, una palabra que culmina este acto inmarcesible, que no se marchita, inmarcesible, que no se marchita, inmarcesible...

Gilgamesh' word

4 dic. 2006

La improbable historia de un frenazo





No podía ser. Por más que lo intentara, entre silencioso y charlatán, no encontraba la forma de no negarse a decir que no, ni sabía cómo no decirlo, así callara, así hablara, así cantara las cuarenta o las veinte, de menor valor pero que significa sumar. Delante del espejo se repetía que no podía ser, tenía que acabar, debía terminar, urgía la necesidad de evidenciar que no estaba por la labor de expresar un no rotundo. Siempre acababa por liarse y a veces afirmaba, otras negaba y otras que si no lo sé ni me importa y allá que se quedaba tan intranquilo, con el desasosiego de no saber ni qué decir.

Optaba por decir lo que fuera, siempre. En un barrio tan familiar, tan de todos nos conocemos a todos, tan de amigos cercanos que son amigos de otros lejanos, con primos en medias distancias o largas caminatas, y se vio en un problema de difícil solución, del que salió bien, pero que apenas recuerda ya.

Era un niño singular, bajito, desaliñado en el vestir y en el hablar, de compañías eventuales pero de la confianza suficiente. Fuera de su entorno, en un barrio tan cercano como lejano, esperaba junto a su madre al gran caballo de hierro sioux, que pasaba cada cierto tiempo por las entrañas abiertas de su pueblo. Un amigo le dijo que no era capaz. Otro le espetaba que fuera capaz. Y fue capaz. Asomaba el tren por debajo del puente, saliendo de la curva cuando el niño se bajó del andén y pisó las vías. Se acercaba la terrible locomotora, todos gritando como loco, entre alaridos y celebraciones, más cerca, y seguía el niño bailando la danza de los malditos en la vía, cada vez más cerca, una bocina, fortísima, que anunciaba la inminente parada, la imposible parada de la máquina más acá del límite de donde el niño se encontraba, demasiado cerca ya y un pie atrancado entre una piedra, a menos de 5 metros y las caras de pánico, de horror, del niño, de la madre, de los amigos, del maquinista en su primer día, del sol brillando a lo lejos, de las nubes y a 2 metros que chirrían cada vez con más fuerza las ruedas y el niño que ve una luz y se lanza hacia ella.

Subió tranquilamente al andén escuchando los gritos de pánico de su madre, observando un corro de gente que se apresuraba a no se sabe qué, con el susto en el cuerpo. Subió la camilla a la ambulancia y lo último que recordaba era que no dijo que no. Expiró cuando ya se cerraban las puertas de la ambulancia.

No. No era yo ese niño. Habría sido una buena historia del barrio si alguna vez hubiera sucedido de ese modo. Una historia algo trágica, de las que no se olvidan, pero nada. Literatura barata y mala simplemente. Lo único de verdad en este relato, si puede llamarse así, es que los niños de La Pendola jugábamos, en cuanto veíamos venir el tren, a subir y bajar un par de veces desde el andén hasta la vía en la Estación, con gran cabreo de nuestras madres, obviamente. Así éramos, muchas veces, los niños de mi barrio, de La Pendola.
Gilgamesh's Railway

1 dic. 2006


Desde el cielo



Pude ver, con los ojos bien abiertos
al frío del moribundo noviembre, una ciudad o un antiguo pueblo sitiado por catapultas con forma de cruz, nuestra cruz de cada día. Casi era noche cerrada en una de las almenas del castillo, y ayudados por una vela, subimos no sin cierta inquietud, no sin cierta curiosidad, que todo lo puede, a lo alto de la torre más alta. Sobre el suelo reposaban las flechas del anterior ataque, venablos, piedras, los restos de algún pasado recuerdo de alguien que un día fue el vigía. Una nube de arrebol se resistía en el horizonte sucio, indecisa, sin saber si morir o resistir, sabiendo que su destino estaba sellado hasta la tarde siguiente, sabiendo también que la verdadera victoria es la resistencia a lo inevitable.


Pude ver las miles de almas que pululaban entre los restos del cerco, alegres y sin vida, como si nada hubiera ocurrido. Miré hacia abajo, con sorpresa, como si nada hubiera ocurrido, inventando de manera imprecisa la procedencia de una insensata felicidad de cada uno de los espíritus que, sin saberlo, habían muerto al alba, antes siquiera de haber nacido, ese pecado que todos cometemos alguna vez y que otros cometen varias veces.

No sabía con exactitud si el cielo
era mi suelo o si desde arriba estaba viendo una luz a lo lejos, muy lejos, un faro quizá, entre las miles de fronteras artificiales, límites de la mente; o muy cerca, apenas más allá del río, por donde antaño atacaban piratas sin piedad. Tranquilamente recogí una saeta del suelo, o del cielo, y la rompí, como se rompen las lanzas, por mí, por nosotros.


Nos quitamos el yelmo y acercamos la vela a uno de los restos de la metralla. Pudimos leer una extraña inscripción que no acabábamos de entender. Es posible que aquello estuviera allí desde antes de nuestra llegada, escondido de manera silenciosa. Es posible que aquello fuera un adelanto del asedio que todavía nos quedaba por sufrir, apenas comenzado el de hoy o el de ayer. Me acordé de repente de aquella historia numantina, pero también recordé Samarcanda y el Gran Khan, y me entristecí, me alegré a un tiempo y me quedé indiferente luego.

Miramos de nuevo a nuestro alrededor
y decidimos bajar de la almena, después de ver nuestra segura derrota, que no por segura sería menos costosa para los otros, los que desde allá lejos nos miraban a través del catalejo, entre risas, entre nuestras lágrimas, que cayeron como agua del cielo, de las nubes, de aquella nube de arrebol en que nos convertiríamos, resistiendo hasta el final, hasta esa pequeña e íntima victoria.


Y no fue desde el cielo de mi barrio,
el cielo de La Pendola, del suelo de La Pendola. Más allá o un poco más cerca puede suceder, o sucedió.
Gilgamesh On Top

16 nov. 2006

La Estación



No estaba -ni está- dentro de La Pendola, mas sí de sus alrededores. Ya he comentado la rivalidad que existía entre los pendoleros y los de la Estación, más que nada por su cercanía. Ya se sabe. Cuanto más vecinos...

La Estación de Renfe de Lepe me trae muy buenos recuerdos de, cómo no, la infancia, pues el tren era mi medio de transporte favorito, y lo sigue siendo. Desde que desmantelaron la línea Gibraleón-Ayamonte allá por 1987 no he vuelto a subirme a un tren en España, aunque sí en Portugal.

Hoy he pasado por delante de la Estación y no he podido resistirme a tirarle una foto. Además me he acordado del amigo quetemeto, y he querido emularle (como fotógrafo), aunque al final me ha salido una churrifoto. Ahí está, cayéndose a pedazos un trozo de la historia de Lepe. Un edificio completamente desaprovechado, al que nadie tiene en cuenta desde hace muchos, muchos años. Un centro cívico, una sala de exposiciones... algo más se podría hacer por la Estación. Pero... ahí está, hasta que venga el Toronjo de turno (ver post anterior) para reconvertirla en Iglesia a la altura de las necesidades del barrio.

En fin. Al ladito de mi barrio está. Mi barrio. Sí. La Pendola.
Las "necesidades" de La Pendola


"Estamos construyendo una capilla acorde con las necesidades del barrio", declaró ayer Jesús Toronjo, a la sazón, portavoz del Partido Popular en el Ayuntamiento de Lepe, refiriéndose a la construcción de la nueva capilla del Carmen, levantada sobre la antigua, que tampoco era tan antigua. Esta desafortunada intervención tuvo lugar durante una rueda de prensa en la que hacía balance de lo "conseguido" por el PP durante esta legislatura, que por lo visto es mucho-muchísimo, y que lo que no, es culpa de sociatas malvados, con tridentes, rabos y cuernos incluidos. Aunque yo ni simpatice siquiera con el PSOE, sí me resulta chocante que los méritos son populares y los deméritos son todos achacables al SOE, que ni siquiera gobierna. ¿Alguien da más?

Me hace gracia, en primer lugar, que sea precisamente Toronjo el que haga el balance, pues es el político de su partido que menos aparece por Lepe, pues es también el portavoz popular en la Diputación de Huelva, por lo que no está muy al día de lo que se cuece por Lepe y por La Pendola, que es donde, cómo no, por eso hago este post, está el citado templo. Para él, Lepe no deja de ser una ciudad dormitorio de Huelva, pues es allí donde hace vida.

En segundo lugar, me hace más gracia todavía que se arrogue el mérito, si es mérito, de la construcción de la nueva capilla, porque las competencias, como sabéis, y si no lo sabéis os lo digo yo, corresponde a Urbanismo, quien ejecuta las obras, y cuya área está en manos del Partido Andalucista, que gobierna en difícil coalición de conveniencia, lucrativa conveniencia, con el Partido Popular.

Pero lo que me hace gracia de verdad, o me de pena, que para el caso viene a ser lo mismo es que la única cosa que han hecho en La Pendola en estos 3 años ha sido sólo esa, a excepción de la construcción de algunos que otros aparcamientos, siempre tirando para el voraz transporte privado y al autobús urbano que le vayan dando. Una única capilla. Acorde a las necesidades de los vecinos de La Pendola: como si no tuviéramos otros problemas más que tener un lugar donde rezar -los que lo hagan- a la patrona del barrio y de todos los marineros. Y que alguien se oponga siquiera a esa construcción: lógicamente, es muy impopular y lo saben. Por eso rentabilizan al máximo el populismo más barato y grosero que hayan visto mis ojos. Más España, más Pendola cerrada y de sacristía, devota de Gran Hermano y de María, parafraseando al más grande entre los poetas, esto es, Antonio Machado.

No hace falta que se dinamice un poco la economía del barrio, ofreciendo más oportunidades a los trabajadores, que de eso se compone La Pendola básicamente. No hace falta que se abran nuevos espacios para que los niños sigan siendo niños. (Un inciso, nuestro antiguo estadio de Los Naranjos, es hoy una alfombra verde de césped, pero, oh, sorpresa, está completamente vallada por lo que no se puede acceder a ella). No hace falta el acercamiento de algunas áreas municipales al barrio, no hace falta el arreglo de muchas calles, no hace falta luchar por la necesaria reforma del colegio César Barrios, no hace falta conservar el patrimonio etnológico del barrio, no hace falta conservar la estética de La Pendola, no hace falta dotarla de un mejor alumbrado público... No. Lo que le hace falta de verdad a La Pendola es una capilla, eso sí, a la altura de nuestras necesidades, que son muchas.

De pequeño era creyente y le tenía gran afecto a la virgen del Carmen. De mayor ya no creo ni en mí mismo, pero al menos conservo el respeto por las creencias de mis vecinos, y el respeto por ese símbolo protector y positivo -si queremos tomarlo así- que significa esa talla de madera de la virgen. Por eso esta diatriba al viento no va contra ninguna creencia, ningún credo. Vaya una clamorosa pedorreta hacia aquellos creen que somos tontos y sólo nos dan migajas que en realidad no nos hacen falta.

No es la primera cosa que ocurre de este modo, pero sólo quería centrarme en este asunto concreto. Porque de verdad me duele mi barrio. La Pendola.

(Como esta cosa se sale de lo habitual,
no pongo ni florituras ni nada. Tal cual)

9 nov. 2006

Una final memorable



Digamos que tenía 2 pandillas:
los amigos de La Pendola y los amigos del colegio, el César Barrios. Era algo normal, casi todos teníamos 2 grupos, o más, de amigos en función de la hora del día. Por lógica, la pandilla del colegio la formábamos los del curso: el "A" y el "B", y yo estaba en el "B", siempre me ha tocado el grupo "B" durante toda mi vida académica, incluida la Facultad, a excepción de un año de instituto.


La rivalidad futbolística entre A y B siempre fue muy fuerte y, a veces, llegábamos a las manos por un quítame allá esa falta; por lo general, nuestro equipo ganaba, no sin dificultades, casi todos los partidos. Pero llegó el momento en que debimos unir las fuerzas para afrontar el campeonato de fútbol, realmente de lo que siempre hemos llamado "futbito", que hoy, por aquello de las nomenclaturas y la modernización, no exenta de cierto snobismo, se denomina fútbol sala.

La dirección del colegio había establecido
un sistema para igualarnos a todos, para salvar la lógica diferencia de edad entre los alumnos. Así, los niños que cursaban desde 2º hasta 5º de EGB, jugaban entre sí un campeonato; y desde 6º a 8º jugaban otro distinto. Esto no quería decir que los equipos estuvieran conformado por gente de la misma clase o curso, pero casi: lógicamente, nadie quería tener en su equipo a los más pequeños.


Entonces yo estaba en el 4º B
de Don Hipólito, un pacense bonachón, extremadamente alto y delgado, que para motivarnos solía prometer salir al patio a jugar al fútbol si terminábamos tal o cual tarea. Claro, por eso todo el mundo quería tener como tutor a Don Hipólito. Pero era el nuestro. En una de aquellas interminables clases vespertinas de los 80, una serie de niños de mi clase decidimos participar juntos en el campeonato de fútbol, contando con algunos del A.

Partido tras partido,
victoria tras victoria conseguimos meternos en la final, que disputamos contra un combinado temible de jugadores de 5º, incluido el que siempre fue mi gran rival, el considerado, hasta ese momento, el mejor portero del colegio, Juanito.

Aquella final se disputó al mismo tiempo que la otra, la de los mayores. Como quiera que el César Barrios tenía 2 patios, luego 2 canchas distintas, no hubo mucho problema: nosotros jugamos en el llamado "patio chico", que a pesar del nombre, siempre ha tenido -y tiene- más superficie que el otro. Pero, claro, los mayores tenían mayor tirón "mediático" y nuestra final tuvo una asistencia mucho menor que la otra, aunque eso nos daba igual: para nosotros era la final.

El partido fue disputado
de poder a poder, porque la superioridad física de los de 5º era contrarrestada por nuestra superior técnica. Ambos porteros tuvimos una gran actuación y nos hinchamos de parar balones, por lo que el resultado del partido fue de 1 a 1. Al empezar la prórroga -hubo prórroga-, yo estaba nerviosísimo, tenía un nudo en la boca del estómago, un vacío que no había medicamento ni psicólogo en el mundo capaz de quitarme. Afortunadamente, la prórroga terminó sin goles, aunque con mucha tensión, lo que dio lugar a una tanda de penaltis de infarto.


3 penaltis cada equipo
y ya nosotros habíamos lanzado los 3; sólo habíamos marcado el primero -uno de los fallados se fue directo al palo. A los de 5º todavía les quedaba 1 penalti y no habían logrado marcarme, pues los 2 tiros se marcharon por los laterales. Frente a mí estaba Lolín, el encargado de intentar fusilarme. No recuerdo muy bien qué pensé durante esos eternos instantes. Quizá ni pensaba. Estaba concentrado, mirando fijamente la pelota. Alcé un instante la mirada y pude ver a Mora, amigo mío, aunque del otro equipo, susurrarle algo al oído a Lolín y volví a bajar la mirada hacia esa esfera de cuero gastada que era el balón. El árbitro, Javi, uno de 7º cuyo equipo había sido eliminado de su campeonato con anterioridad, hizo sonar su silbato. Observé cómo Lolín comenzó su carrera, larga, no llegaba nunca a la pelota, otro paso, un resoplido, un grito, un ánimo suelto, los alaridos del otro patio, otro paso, otro... y golpeó el balón. Aún hoy sigo sin comprender cómo atajé esa pelota. Nada de despejes: la bloqueé, con seguridad, con mis dos manos, que, desobedeciendo a mi cerebro, así son los actos reflejos, se dirigieron con la rapidez de un rayo hacia arriba a la derecha.


Solté un grito que se escuchó
hasta en el centro de Lepe... Toda la tensión se me fue por ahí... por ahí y solté la pelota y salí corriendo hacia el primer sitio que vi, hasta que me di cuenta de que estaba saltando como loco en el otro patio, con todos mis compañeros abrazados, y con todo el mundo mirando aquella locura desatada en forma de alegría.


No recuerdo muy bien lo que siguió
a continuación, pero sí perfectamente lo que aconteció aquella noche, durante la fiesta de final de curso: subió el otro equipo a recoger su medalla de 2º clasificado. Tras ellos, nosotros. Cuando el director del César Barrios, que hacía las veces de speaker, pronunció el nombre de nuestro equipo, todo el colegio rompió a aplaudir. La ovación -hasta ese momento- de nuestras vidas. Desde ese instante todo el mundo empezó a considerarme como el mejor portero del colegio. Y siempre jugué es esa posición hasta 8º. Posteriormente, fui el portero más joven -estaba en 6º- en ganar una final "de los grandes" en el colegio.


Todo esto me pasó en el colegio,
en el de mi barrio. En el de La Pendola.

Gilgamesh Goalkeeper v.2.0

2 nov. 2006

A pedradas



Inexplicablemente, a los niños de mi generación les gustaba jugar a tirarse piedras. Supongo que este juego es anterior a nosotros, pero aquí estoy para contar lo que nos sucedía a nosotros, los pendoleros. Por qué se producían estas auténticas guerras es algo que se me ha olvidado, pero recuerdo la formación de 2 bandos y, hala, a abrirse el cráneo alegremente.

Lo único claro es que se establecía un campo de batalla, que por lo general era la explanada de la vía del tren, que separaba La Pendola del otro barrio más al oeste de Lepe. Existían reglas, acaso como las que hoy se incumplen en las cruentas guerras del mundo. Todo el mundo lanzando piedras hacia el bando contrario; de repente, todos nos quedábamos sin munición y se proclamaba una tregua, siempre respetada, eso sí, de 5 minutos para abastecerse de proyectiles con los que seguir bombardeando al enemigo. La cosa se terminaba cuando a 2 ó 3 niños les empezaba a chorrear la sangre por el cuerpo. No recuerdo haber recibido pedrada alguna ni acertarle a un contrario, por lo que mi paso por las peleas a pedradas fue un tanto descafeinado, y menos mal.

A veces, la locura llegaba a tanto que hasta decidíamos enfrentarnos entre nosotros, a modo de preparación para la batalla; el escenario de nuestros "entrenamiento" era el campo del Escopetón, donde en su parte inferior estaba arrumbada cabina de un camión viejo que hacía las veces de cuartel general de operaciones.

Muchos de mis amigos de la infancia tienen todavía las cicatrices de alguna que otra certera pedrada. Hoy, no sé si decir que por fortuna, porque sabe dios el papel psicológico que desarrollaron estas guerras en nuestras infantiles mentes, ya no se ven bandadas de niños jugando a pegarse pedradas. Es más: es imposible ver pandillas grandes de niños haciendo de las suyas por las calles de La Pendola; desde luego no de niños de nuestra edad. Puede que sea un síntoma de lo mal que vamos, de la sobreprotección a la que someten los padres a sus hijos: y así nos va, así les irá a estos niños.

Desde luego que estas cosas no pasaban sólo en La Pendola, pero qué queréis que os cuente, si es que es mi barrio, lo que yo he vivido.

Gilgamesh Stoner

24 oct. 2006

El Niño del Talegazo


Bueno... no sé. Los toros en realidad, ni me van ni me vienen, depende de cómo me pille el ánimo de ese día. El caso es que poco o nada tiene que ver esta breve historia con eso. Algo sí, desde luego.

Todo lector ocasional que se deje caer por aquí creo que recordará "Videos de Primera". Para mí fue el descubrimiento de Alfonso Arús. Más tarde vendría "Al Ataque", un programa al que estaba enganchadísimo: quedan en la memoria de todo gourmet de la televisión La mierda la Sole y su huevazo -endevé- y, por supuesto, Carlos Jesús y Micaé o Cristofer -tú lo nombras, él aparece-.

Decíamos de Videos de Primera. Allá en los 90, con caídas y más caídas tronchantes, que a muchos nos parecía lejanas: pocos en el barrio tenían videocámara; ninguno poseía, por supuesto, alguno de aquellos videos en los que un familiar, amigo o vecino se escogorciaba inmisericorde contra una farola y era atropellado por una vaquilla -se va el chaval, se va por la barranquilla-. Con el paso del tiempo, mucho tiempo, ha caído en mis manos uno de aquellos momentos mágicos que son capaces de sacar la sonrisa y la carcajada al más pintado.

El Niño del Talegazo no es otro que mi primo hermano, el mayor de todos mis primos hermanos. Si es torero o no, se le nota a la legua: sólo hay que echar un vistazo al video que cuelgo a continuación. Todo ocurrió durante la despedida de soltero del que ahora es su cuñado a los ojos de Dios, pues ya lo era a los de los hombres -y tal-, que ya son ganas de celebrar una despedida de soltero. Las cosas ya no son como antes. Ahora cualquier pinchaúvas tiene una cámara de video o ésta viene integrada en su teléfono móvil. Y, claro, con semejante material, decenas de casi cuarentones ebrios intentando torear una vaquilla, es imposible resistirse a la tentación de grabar unos segundillos de la faena, por si algún despistado, como en el caso de mi primo, es vilmente volteado por el morlaco.

Y, para rematar, cualquier mindundi, como yo, tiene un programita de edición de video en el ordenador con el que recrearse en la escena. Y aquí estamos. Este video fue la comidilla de la boda de la hermana de mi primo -ergo, mi prima-, con el que hemos echado ya bastantes risas. Por ello, con todo el cariño del mundo para mi primo el mayor, y para mis otros primos, que me han pasado el video para que yo lo "internacionalice": ¡va por ustedes! El talegazo del Niño del Talegazo, que, cómo no, siempre ha vivido -ya no, pero casi- en La Pendola.

PD. Por menos, miren la audiencia que tiene El Buscador de Historias de Telajinco.


Gilgamesh Bullfighter

17 oct. 2006

Acabáramos



Son largos los lunes, de eso no cabe duda. Madrugón intempestivo, más prisas de la cuenta, depresión, malestar... y volver a casa, tener el ordenador mal colocado y tragarse, aunque sea de oídas, una mierda como el Gran Hermano. A pesar del tiempo, no acabo de pillarle -ni creo que lo haga, pues la escucha es involuntaria- la gracia a la cosa. No se la veo. Desconozco su audiencia, pero ahí está por algo y me pregunto qué clase de incompetente intelectual -y el ejemplo está detrás de mí- puede perder y robarle tiempo al tiempo para dedicárselo al engendro este. Cojo los auriculares y los enchufo en los altavoces del ordenador y ahí están, permanentes en el Winamp, las agrupaciones del carnaval del año pasado... y precisamente cantando sobre los que son gilipollas: ¡acabáramos! Lo que no cante el carnaval...

PD: Buscad en el Google la palabra "gilipollas" y pinchad en la pestaña de Imágenes...
Gilgamesh down

10 oct. 2006

La ingenuidad de un niño... (y III)



La Navidad es una época esplendorosa para que un niño -o un grupo de ellos- dé rienda suelta a lo que sus maquiavélicas cabecitas planean como verdugos medievales. Es tiempo de vacaciones, es tiempo libre con niños por las calles maquinando lo que en otros lares y con otras edades se llama kale borroka. No os asustéis, pero es así. "La ingenuidad de un niño" he llamado a esta serie, que sigue dando ejemplos contrarios a ese tópico refutable a todas luces.

Muchos niños en La Pendola y toda la tarde por delante. Una tarde corta, claro, enseguida se hace de noche. Camuflados por la oscuridad, nos dirigimos a La Lonja o La Lota, que así, indistintamente, se solía -y se suele- denominar a lo que ahora es un pabellón deportivo y que antaño funciono como tal, como una lonja. Con el declive de la actividad pesquera en el barrio, el ayuntamiento de turno la convirtió en centro de actividades culturales: escuelas-taller, escuelas de pintura, de baile... hasta, si recordáis, albergó un belén viviente en 1988, donde estuvo servidor en plan estelar. El caso es que junto a la Lonja había un contenedor de vidrio, y junto al contenedor, una moto, una roñosa Mobylette del "tiempo la jambre". Fue como una conexión dibólico-celestial; vaciamos el depósito de la gasolina y lo rellenamos con los restos de alcohol de las botellas que quedaban a nuestro alcance. Sentados en la puerta del Bar Salgado vimos toda la escena, incluida la del tío intentando arrancar en vano la moto y mentando a nuestras queridas madres, indirectamente, porque el tipo ni siquiera sabía que éramos nosotros.

Con las mismas, como era Navidad, época de petardos, no dudábamos en bombardear los portales de 1 de cada 4 casas de la calle Zaragoza, con el consiguiente cabreo de sus propietarios. Claro, si sólo hubiera sido un día... pero es que lo hacíamos a diario durante lo que duraban las vacaciones y además, casi a la misma hora: era tremendo que los vecinos de la calle no se dieran cuenta del asunto.

Y para terminar de forma poco brillante esta trilogía de angelicales e ingenuos actos infantiles, os contaré una de las mejores. También en la Lonja. Frente a una de sus esquinas -el edificio ocupa toda la manzana- siempre ha estado el almacén de frutas de Rangel, a quien de vez en cuando el stock de fruta se le pudría y no tenía más remedio que tirarla al contenedor de la esquina de su calle. Merodeando por el lugar estábamos nosotros, a quienes, por niños, nunca nos habían dejado entrar en algunas clases de pintura o lo que fuera que se daban allí dentro. Claro, le cogimos tirria a todo aquello, especialmente a algunos monitores, que eran un tanto remilgados o, en pendolero antiguo, mariquitas.

Naranjas podridas en ristre, nos dirigimos hacia una de las ventanas donde se impartía una lección de pintura. Alguien golpeó en la ventana a modo de llamada y no fue otro que el monitor de la clase, uno de nuestros más odiados antagonistas, quien abrió. Tras aquella reja estábamos 10 ó 15 niños dispuestos a fusilar a bocajarro, con un arsenal comparable al de todo el Estado Mayor del Estado de Israel, al pobre demonio que se atreviera a... ¡FUEGO! Lo último que recuerdo es la cara, indescriptible, que se le quedó a aquel tío y a nosotros corriendo como poseídos por la risa.

Y hasta aquí hemos llegado. Luego dirán que los niños son ingenuos, unos angelitos que no poseen la maldad. Pues de eso, en La Pendola, en mi barrio, teníamos muchísimo. Con los años aquello ha pasado a ser anécdota, lógicamente. Sirva esta trilogía de confesión y redención de nuestros pecados. La penitencia, que no es tal, la llevamos por dentro: una infancia feliz para mí y los que me rodeaban. Gracias, amigos.

Gilgamesh' Evil Empire

7 oct. 2006

La ingenuidad de un niño... (II)



Lo dicho. Que la ingenuidad de un niño es mentira. Por respeto a la memoria del principal de los personajes, he cambiado su apodo; aunque quien conozca la historia sabrá a quién me refiero, pero prefiero dejarlo en el semianonimato. Espero que desde el cielo o donde quiera que esté, sepa perdonarme y perdonarnos.


Pasaba por allí todos los días. Teníamos que interrumpir nuestras cabalgadas por la banda y posteriores centros a la olla para evitar los remates a bocajarro y no pegarle un pelotazo. Caminaba de manera pausada, apoyándose en un recio bastón, por lo que al principio creíamos que era un pastor de cabras. Y era normal que pensáramos así, porque además siempre iba tocado con una gorra campera calada hasta casi las cejas.

El anciano nos echaba miradas fulminantes si alguna vez no parábamos nuestras correrías, por lo que no tardamos mucho en cogerle manía. Poco sabíamos de aquel hombre más que todos los días tomaba el mismo camino: venía desde más allá de la estación por la calle paralela a la vía del tren; pasaba por delante del taller de Cayetano, giraba hacia la derecha en la calle Beas, izquierda Río Segre, derecha Calañas, sede social y oficial donde se emplazaba el Estadio Los Naranjos, izquierda de nuevo para luego girar a la derecha por la calle Capitán Cortés, cuesta arriba hacia el bar de la Plaza del Carmen. La vuelta la desconocíamos, porque cuando pasaba camino del bar ya era de noche; pero no es de extrañar que tomara el mismo itinerario de vuelta a su casa o a quién sabe dónde.


Cierto día, nuestra curiosidad se hizo tan grande que queríamos conocer a ese hombre más de cerca, pero nuestros intentos fueron en vano, puesto que era un anciano un tanto huraño y desconfiado y, como se verá, con muy mala leche. Así que al poco tiempo nos enterábamos de cómo se llamaba, Juan, y, sobre todo, cuál era su apodo: Madaleno. Pero había un problema, al menos para él: le fastidiaba muchísimo que pronunciaran su apodo. Y esta información en manos de unos niños puede ser tremendamente efectiva.

Una semana más tarde, el viejo hacía su camino habitual. Nosotros le esperábamos a cierta distancia. De repente, Franci gritó: ¡Madalenooo! Lo que siguió a continuación fue de lo más gracioso, según cómo se mire, de nuestra infancia. Juan, el Madaleno, se giró hacia nosotros y expelió una retahíla de insultos que cualquier aficionado al fútbol debería tener apuntada para casos de arbitrajes nefastos. El Madaleno, siguió gritando como un descosido, profiriendo insultos que erizaban el vello, así, continuados, sin parar, casi sin respirar; el hombre se acordaba de toda nuestra ascendencia viva y muerta, de la familia, las amistades y hasta de nuestros genitales. Claro, al verlo en ese estado, no podíamos menos que seguir gritándole el "Madaleno" sin parar, con lo cual, la cosa se alargaba.

Al día siguiente, más de lo mismo, más gritos, insultos y hasta lanzamientos de piedras por su parte, lanzadas al más puro estilo cabrero y menos mal que sin demasiada fuerza. Nosotros, a distancia, seguíamos con nuestro ritual, cuando pasó junto al Madaleno un chaval de nuestra edad, del barrio, pero no de la pandilla, que no sabía nada. El Madaleno, al ver a un joven pasar junto a él ni siquiera se fijó en que no tenía nada que ver con aquello, pero por si acaso, en plan Bush & Rice, le largó un bastonazo que no le alcanzó de milagro. Claro, el chaval salió corriendo.


Y así fueron pasando los días y las tardes-noches, esperando el momento en que el Madaleno pasara por allí para seguir con la "liturgia", hasta que se nos ocurrió el plan definitivo.

Estuvimos todo el día anterior como si fuéramos un comando de asalto en misión de combate. Hicimos los preparativos a conciencia, estudiando con detenimiento todos los pasos cotidianos del Madaleno para tenderle una trampa detrás de otra. Primero, como quiera que por entonces no existían farolas en el primer tramo de la calle junto al taller de Cayetano, pusimos una tanza que cruzaba la vía de un lado a otro con la intención de que tropezara con ella y se diera un buen, como decíamos de niños, "majazo".

Seguidamente y hasta llegar a la calle Calañas, empapelamos todas las fachadas de las casas con dibujos alusivos a su apodo, para que mientras caminara, se diera cuenta de lo que le esperaba. Como fin de fiesta, le preparamos una "recepción" en la explanada del Estadio Los Naranjo, incluyendo una gran pancarta hecha con cartón en la que se leía bien grande "MADALENO".


Con tanta discreción, se llegaron a enterar mi madre y mi abuela, quienes me prohibieron la asistencia al evento, por lo que os voy a contar es simplemente el relato que me hicieron mis amigos del gran momento.


Mandaron a algunos efectivos como avanzadilla para informar de la evolución del plan. La primera en la frente: la tanza, lógicamente, se rompió porque era muy fina y el Madaleno muy corpulento. Pero la segunda salió bien. Conforme caminaba por la calle Beas, el anciano miraba las fachadas de las casas y se iba cabreando poco a poco, hasta el punto de que ya mascullaba insultos. Cuando giró la esquina de la calle Río Segre y con la calle Calañas, llegó la apoteosis: un coro de 20 ó 30 niños gritando a unísono "¡Madaleno!" y agitando una gran pancarta en la que aparecía su nombre. La media hora de insultos fue larga y tensa para todos. Incluso tuvieron que intervenir los vecinos del barrio para pararnos -a mí no, pues no estaba, pero como si hubiera estado- los pies y mandarnos a todos a casa.


Aquello afectó muchísimo al Madaleno, quien no volvió a tomar aquel camino diario hacia el bar de la plaza del Carmen nunca más. Meses, más tarde, ya durante las vacaciones de Navidad, localizamos al Madaleno por la Avenida de Huelva y, como quiera que era la época de los petardos, bombardeamos parte de su recorrido a base de petardazos. El hombre giró la cara, nos vio, nos reconoció y bajó la cabeza, pasando olímpicamente de nosotros. Aún hoy no sé si lo hizo por abatimiento o por no seguir dándonos carnaza.


Si después de esto seguís pensando en la ingenuidad de los niños, no os vayáis que todavía queda la tercera parte de la trilogía. Y es que lo que no hubiera pasado en mi barrio, en La Pendola...
Gilgamesh evil

5 oct. 2006

La ingenuidad de un niño... (I)



...es mentira. La ingenuidad de los actos de un niño se puede poner en entredicho, y la diferencia entre una travesura infantil y el terrorismo puro y duro es muy sutil: apenas les separa unos cuantos años. No quiero entrar en ningún debate sobre psicología infantil, nada más lejos; sólo quería una excusa para recordar las grandes travesuras, putadas con todas las de la ley, que gastábamos de pequeños por La Pendola. Oh, la ternura de un niño... ¡y una mierrrrrda!

Las porterías del Estadio Los Naranjos, feudo inexpugnable de la Unión Deportiva Conténur, empezaban a desgastarse. Tantos meses a la intemperie y sometidos a la mala puntería de nuestros delanteros pasaban factura a aquellos roñosos puntales que hacían las veces de postes. Uno de esos sábados de la inestable primavera andaluza, lepera y pendolera, el choque fortuito entre la defensa del equipo "B" y a delantera del "A" dio como resultado un barullo cerca de los postes que culminó con una montonera -nos gustaba el toque, el estilismo y la gambeta como se aprecia- de la que salió mal parado el poste derecho de mi habitual portería -era el mejor portero que había dado la cantera de la U.D. Conténur hasta la fecha, y a finales de ese mismo año ascendí al primer equipo- que se rompió en 3 ó 4 pedazos.

Nuestras caras eran un poema, claro. Se rompían nuestros sueños de un estadio con todos sus avíos, o como se diría ahora, con todas sus infraestructuras. De la reunión de aquella tarde salió por boca de uno de nosotros robar, sí, robar, mangar, chorizar, las porterías del equipo de la Estación; el que sugirió tal idea es ahora policía, así que no digo nada más. Esa misma noche se llevó a cabo el plan de acción, que no era otro que arrancar los 4 puntales que había clavados en el feudo del equipo de la Estación, junto a ésta, de dónde si no iba a venir el nombre, y pintarlos de blanco no tanto para darles lustre como para evitar que se dieran cuenta de que fuimos nosotros.

Lo peor del caso es que al mes no se nos ocurrió mejor idea que "pedir partido" -¿os acordáis de esa expresión, cuando retábamos a otro equipo?- a la Estación. Casi nos habíamos olvidado de aquello cuando empezó el encuentro de la máxima rivalidad, pues la Estación era el rival más cercano, amén de un conjunto temible, cuyos integrantes eran un poco, sólo un poco, mayores que nosotros. De repente, desde mi portería, observé que el portero contrario ponía una cara rara y no hacía nada más que mirar esos palos que debía defender. Se ve que les tenía tomada la medida, porque se dio la vuelta, dio un pequeño salto, comprobó la altura de los puntales y acto seguido se volvió, gritando a sus compañeros: "¡Éstos son nuestros palos!". Repitió esa frase unas cuantas veces, hasta que el partido se paró y todos, al mismo tiempo, ellos y nosotros, caímos en la cuenta. Sin mediar palabra, cuatro de nosotros, corrimos a arrancar los palos y a llevárnoslos al "refugio", que no era otro que un camión abandonado junto al campo del Escopetón.

Los chicos de la Estación corrieron como locos a recuperar su propia portería y el Estadio Los Naranjos quedó vacío en apenas un minuto. Aquel affaire se solucionó poco después con la devolución de los palos a sus legítimos propietarios, porque ya el padre de Jose nos había conseguido puntales nuevos, con lo que no teníamos por qué seguir prolongando aquel latrocinio.

Todo quedó en un partido amistoso en campo contrario, donde no jugué porque todavía no podía jugar los encuentros fuera de casa, demasiado tensos para un niño de mi edad.


Esto es sólo una muestra. No se vayan a ir muy lejos que aún hay más. Aquí, en mi barrio. En La Pendola.

Gilgamesh goalkeeper

3 oct. 2006

Cuando pica el gusanillo...



...ya no hay quien lo pare. Me informa el amigo quetemeto, alias Txus Oria, de que ya hay un blog dedicado al carnaval en Lepe, por lo que a partir de ahora, delegaré en él a la hora de hacer comentarios sobre el febrerillo loco de nuestro pueblo... www.carnavaldelepe.tk.
A por ello, pues.

Pero antes de todo eso, un último gustazo como carnavalero: una entrevista que le hicieron dos amigos míos a Antonio Martín con motivo de su visita a Lepe durante el año pasado, en la que su comparsa, La Quintaesencia, actuó en el Pub L'Antiqua. El breve trozo que cuelgo es exclusivo y está inédito, por lo que me tenéis que perdonar la brevedad y la calidad de la imagen. Algún día esa entrevista saldrá a la luz. Por lo pronto, ésas son las impresiones de Antonio Martín sobre la expansión del carnaval de Cádiz; creo que el motivo que expone no está falto de razón... pero tampoco le sobra. A ver si lo discutimos un poco entre todos. Y como extra añadido, un trozo pequeñísimo de la presentación de su comparsa del año pasado en L'Antiqua, que he tenido que editar mal que bien, porque la grabé con mi mierda cámara de fotos. Vosotros sabréis perdonarme.

Entrevista a Antonio Martín


La Quintaesencia (fragmento)

PD. Peasso post que me he marcao, ¿no?

Gilgamesh on fire

1 oct. 2006


Grandes reflexiones de ayer y hoy presenta...

Cine de ¿autor?


(I) El prestigio cinematográfico europeo

La maquinaria norteamericana deja a Europa un poco al margen de los grandes circuitos comerciales. Sin su estructura, es imposible competir con el cine de Hollywood. En Europa, la producción es menos masiva que en EE.UU. y supone un trabajo más personalizado. La fragmentación del mercado europeo, las diversas nacionalidades, han dado lugar a una escasa industrialización del cine, por lo que, se ha podido partir desde un punto de vista más personal, más creativo, pero no por una superioridad cultural que no tienen lugar, sino porque no se poseen las estructuras antedichas. A todos los directores europeos les gustaría que existiera algo así por aquí. Además EE.UU. ha sido capaz de hacer universal un imaginario con el que gran parte de la población mundial si bien no se identifica plenamente, sí que no le resulta en absoluto ajeno. Las distancias cognitivas, en este caso, se hacen más pequeñas, lo que favorece la exportación de sus productos.

En Europa, los cineastas suelen quedar fuera del reparto del pastel americano, pero a cambio ganan cierta autonomía y control sobre sus películas, y por eso se puede hablar más de cine de autor. Aunque no hay que engañarse, la genialidad cinematográfica es, en ambos casos, simplemente un desliz, una licencia, entre tanta producción absolutamente mercantilizada y tutelada. Además, en Europa, nos hemos acostumbrado también a las formas de hacer en EE.UU. Existen estrategias parecidas, géneros, clichés, que hacen que en muchas ocasiones se esté en las mismas condiciones, pero sin las grandes ventajas de la industria americana.

El autor (II)

En un contexto de comunicación de masas, el concepto de autor suele aplicar en aquellas parcelas de la cultura industrializada que están más identificadas con el arte. Así, el concepto de autor nace en el Renacimiento y se consolida durante la Ilustración, como definición de la personalidad individual, creadora, autónoma, libre que ejecuta una obra de arte con fines estéticos. Esta individualidad, esa libertad ya en el Romanticismo hace pensar en que el autor es un genio, que hace tangible la belleza. Pero el arte no nace con esa concepción, sino que se hallaba destinado a cumplir una función específica, relacionado con lo ideológico o económico.

El autor nunca realiza sus proyectos de manera absolutamente autónoma. Todos, como en la vida, están insertos dentro de una determinada escala de valores, de unas formas de vidas, de una forma de pensamiento imperante, con convencionalismos estéticos. El artista rara vez suele escapar al influjo de alguien que haga de su obra un valor, un comerciante, llamémosle, o como diría Pierre Bourdieu, "creador del creador". Esto es así porque la creación original debe posteriormente insertarse en un proceso no personal, de conjunto, que hace que pueda llegar a un receptor (o varios, o varios miles).

Como decimos, en un contexto de comunicación de masas, de industrialización de la cultura, se vuelve a una concepción premoderna del arte y del autor. Toda obra artística lleva consigo unos intereses determinados, no es un elemento estético puro, destinado al goce por el goce: es una mercancía. El autor, hoy en día, se asemeja al artesano, quien lleva a cabo un trabajo por encargo.

Esto no hay que verlo como una reducción de la calidad en el arte, ni una disminución del goce estético. Más bien, hay que comprender los cambios como transformación de los modos de percibir el arte.

Dirigido por... (III)

En el cine, el director suele ser identificado como el autor, pasando por encima de la consideración de una película como un producto colectivo. El director responde del ámbito estético del filme, aunque su trabajo se desenvuelva en el contexto de un proceso de producción con unas fronteras perfectamente delimitadas. Así, durante mucho tiempo, esto pasa inadvertido para el público, que identifica las películas con los actores que ven en ella. El autor, dentro de este entramado, como concepto moderno, está relegado a la marginalidad.

Es la revista "Cahiers du Cinéma" la que reivindica al director como autor de una película, basándose en las experiencias cinematográficas europeas, en una curiosa vuelta de hoja por cuanto las vanguardias artísticas rechazaban la figura del autor, lo sacro del objeto artístico, cosas que ahora se reivindicaba para el cine.

Esta nueva corriente reclamaba precisamente el trabajo de los directores dentro del este sistema industrializado de la cultura. A partir de ahora, las películas de Hollywood no sólo serán vistas como una mera mercancía dirigida al entretenimiento y al consumo, sino que serán valoradas en tanto objetos estéticos. Y esto va más allá de lo evidente; con ello, lo que se hace es explorar las oportunidades que las nuevas formas de industrialización de la cultura ofrecen.

Gilgamesh's road movie

23 sept. 2006

No cumplo años, cumplo carnavales


Recientemente he cumplido un año más de vida, una nadería. Y yo, que soy como el Noli, y como aquellas Viudas de los bisabuelos del 55, no cumplo años, cumplo carnavales. Por estas latitudes somos muchos los que echamos de menos un carnaval en condiciones y por ello estamos luchando. Son 3 las agrupaciones ensayan a estas alturas del año, preparando el febrerillo loco y añorado. Vuelve ya el tres por cuatro...

Durante mucho tiempo hemos mirado con envidia y admiración al Carnaval por excelencia, el de Cádiz. Un paseo por La Tacita la mañana del carrusel de coros es algo que no se vive en ningún otro lugar del mundo, a pesar de la "bulla" convenientemente regada por el moscatel gaditano.

Pero lo que nos tiene fascinados desde pequeños (a mí exactamente desde adolescente, porque de niño odiaba el carnaval) es el concurso de agrupaciones carnavaleras del Falla. El día de la final de este certamen de coplas es perfecto para saber distinguir al buen aficionado del advenedizo carnavalero. Hay varios rasgos para saber diferenciarlos:

El que no se calla ni a la de tres durante la retransmisión; suele ser el/la típico/a "mogollón man/woman", que aprovecha la ocasión para ingerir -una vez más- alcohol en dosis considerables.

El que se va a casa a las 2 ó 3 de la mañana -el concurso suele extenderse hasta las 7 de la madrugada o de la mañana, elijan ustedes la referencia-. Suele mezclarse este rasgo con el anterior. Este personaje se pone eufórico enseguida, pero lo acaba venciendo el etanol.

El ?entendío? que siempre raja porque las agrupaciones de ese año -el año en curso, vamos- son una mierda comparada con las del año catapún y prefiere escuchar las susodichas agrupaciones -generalmente desconocidas- en la radio de la casa, antes que la propia final en curso.

Y el que mezcla un poco los tres rasgos anteriores.

La gente de mi generación, nacidos entre el 77 y el 81, más o menos, nos iniciamos en las coplas carnavaleras del Falla bajo el incipiente "imperio" de Martínez Ares, con "Los miserables" dando la tabarra a todas horas, sobre todo, el polémico pasodoble contra el Papa, que aún hoy seguimos cantando cuando los rones y güisquis hacen estragos en nuestras mentes y vocalizaciones. Eran y son legión los seguidores de Martínez Ares, quien mantenía una lucha encarnizada con Antonio Martín, su némesis. Era y es digno de presenciar un combate dialéctico entre estos dos bandos carnavaleros.

Posteriormente, emergió de la nada Juan Carlos Aragón, que traía savia nueva al carnaval en las modalidades de comparsa y chirigota. Muchos de los seguidores de Martínez Ares, cuando éste se retiro del mundillo para probar fortuna como cantautor, se pasaron al bando "juancarlista" y ahí siguen.

Pero personalmente, yo soy más chirigotero que otra cosa. No lo puedo remediar. Tengo autores favoritos de hoy y de siempre, pero básicamente, para mí son referencia y maestros el Yuyu, con sus inolvidables "Bordes del Área"; el Selu, con "El que vale, vale" y últimamente, los hermanos Carapapa, cuyos popurrits de los últimos años me parecen verdaderamente antológicos, basados en hecho históricos reales que cualquier aficionado a la historia no se debería perder, porque encontrará una nueva visión sobre lo sucedido en el pasado: "Los pavos reales" y su repaso a los monarcas españoles desde los Reyes Católicos o "Napoleón" son una auténtica delicia humorística, y también lo es para el oído, porque, además es una de las chirigotas mejor afinadas del carnaval.

En fin, que si alguien no es carnavalero, hubiera sido mejor no llegar hasta aquí... Nos vemos en las calles por febrero.

Gilgamesh older

13 sept. 2006

11-S y otras historias (y II)




Es hora de presentar a Eladio Reyes Arias, el artista invidente cubano que compuso el poema del post anterior el 11 de septiembre de 2001. El siguiente corto fue grabado en La Habana y su autor es el propio Eladio Reyes. Ahí está el poema, ahí está el llanto de otros pueblos en boca de su propio autor. Gracias a Carlos P. Santamaría y a Nuria Orta por su permiso para publicar este post.


Si no podéis verlo por lo que sea, os lo dejo en Youtube: El llanto de otros pueblos.

11 sept. 2006

11-S y otras historias



Acaba de emitir Cuatro un gran documental sobre el 11-S, titulado así, 11-S, producido por la BBC y que me ha resultado estética y técnicamente maravilloso. Ahora que parece que ha acabado este aluvión de historias y remembranzas de aquello, tanto y tan poco tiempo después, me sigo quedando con la misma sensación que tuve entonces. Creo que Eladio Reyes Arias, del que volveré a hablar, dice exactamente lo que yo pensaba y pienso.

Si de cada conflicto en el que está implicado EE.UU. se hicieran documentales de este estilo, quizá el mundo podría ser otro. Está claro que en este mundo de medios de masas, nada es inocente y todo tiene una intención. Ahora que han pasado 5 años, es hora de reflexionar.

El llanto de otros pueblos


Nueva York.

De nada me alegro, pero hace falta llorar

Para comprender el llanto de otros pueblos.

Y recuerdo la explosión del barco La Coubre

Donde murió mi abuelo Ramón y mi padre.

Qué dolor, qué temor en Nueva York.

De nada me alegro, pero hace falta llorar

Para comprender el llanto de otros pueblos.

Vietnam. Napalm. Un niño corre incendiado

Y no se le ve el fuego...

Y cincuenta años luego otros pescan

En el imaginado lago de un volcán,

Porque ignoran las miles de bombas

Caídas en Vietnam.

Qué dolor, qué temor en Nueva York.

De nada me alegro, pero hace falta llorar

Para comprender el llanto de otros pueblos.

Dengue. Mi pueblo no comprende

Pero se llena de gnomos

Cuando un niño sonríe,

Vomita sangre y cierra los ojos.

Qué dolor, qué temor en Nueva York.

De nada me alegro, pero hace falta llorar

Para comprender el llanto de otros pueblos.

11 de septiembre. Chile. Presidente Allende.

Palacio de la Moneda. Sólo muerte y masacre

Bajo los escombros quedan.

Ha muerto el presidente.

Qué dolor, qué temor en Nueva York.

De nada me alegro, pero hace falta llorar

Para comprender el llanto de otros pueblos.

Estados Unidos de Norteamérica.

Un grupo de jóvenes adolescentes,

Alegres y sonrientes, prenden el televisor.

Quieren ver la Guerra del Golfo.

En vivo.

Y no es mentira lo que digo.

Qué dolor, qué temor en Nueva York.

De nada me alegro, pero hace falta llorar

Para comprender el llanto de otros pueblos.

Orlando Bosch: vivo. Posada Carriles: vivo:

"Sí, lo hice. Puse la bomba. ¿Y qué?", así declaró.

Y mi pueblo enérgico y brillo.

Qué dolor, qué temor en Nueva York.

De nada, créanme que de nada me alegro,

Pero hace, hace falta llorar

Para comprender el llanto de otros pueblos.


Eladio Reyes Arias. Artista invidente cubano: poeta, pintor, fotógrafo, escultor, dramaturgo. Escribió esta poesía en 11 de septiembre de 2001.

Gilgamesh Confused