30 dic. 2006

2 días



Estoy tomando a pequeños sorbos los últimos momentos del año 2007. Muy pequeños. Hace tiempo, el vértigo de estar mira de estar mirando hacia el vacío que ocupa el espacio que va desde el final de la última hoja del calendario hasta el aturdimiento de algún que otro hemisferio de mi cerebro me hubiera dejado un poco más al sur de mi cuerpo, muy adentro de mi zona abdominal, otro vacío, mi mirada vacía, mi mirada mirando hacia ninguna parte.

Ahora no. Ya no. He descargado de símbolos las últimas horas de lo que damos en llamar el año, porque al cabo son eso, símbolos que nos recuerdan que ha pasado otro año; aunque otro año para el que nació un 31 de diciembre, no para mí. Es difícil abstraerse de la violencia de los símbolos cuando se comparten a tan gran escala, lo sé. Así que, para aquellos que hayan superado su etapa existencial, vaya este breve texto de despedida del año, porque al fin y al cabo estos momentos son como otros, indiferentes y anodinos, para quienes sean anodinos, o brillantes o felices o vaya usted a saber qué.

Nos vemos el año que viene. ¿Véis qué tontería? El año que viene será dentro de un par de días, una semana a más tardar.

Disfrutad pues de las noches que quedan por delante, que, aunque exenta de símbolos para mí, al menos quedarán para compartir con amigos, pareja y todo quisque con ganas de juerga. Salud, sexo, rocanrol y jazz para todos.
Gilgamesh' brave new world

26 dic. 2006



A todos los que habéis estado ahí este año, sin excepción alguna. Gracias.

21 dic. 2006

Que no se marchitan


A veces las palabras dicen más de lo que arbitariamente representan en tanto que símbolos, son abstracción pura, pero están dotadas de un poder que las sobrepasan. El acto de comunicar, cualquiera que sea el medio donde se dé, trasciende las fronteras de lo dicho; la palabras son entonces barcos que, una vez echados a la mar, rara vez encuentran un puerto donde refugiarse, si al frente de la nave se encuentra un mal patrón que ignora lo que tiene entre manos.


Es una cuestión discutida durante mucho tiempo, y en esas que siguen los lingüistas, intentando desentrañar la maraña de una palabra detrás de otra, en el discurso oral, esos tonos, subtonos, elipsis en el escrito, metáforas, hipérboles... Palabras, y más palabras, parole, parole... Palabras que son inmarcesibles, inabarcables, dulces, que te acarician la lengua y la mente, azul, juguetean entre acentos, libélula, vagan por los siglos, albahaca, resuenan, corrompidas, bisbisean, alardean ante las miradas caleidoscópicas sobre las vías del tren, esperanza, cielo.

Palabras y más palabras, herramientas de taller en mis torpes manos, objetivo de la búsqueda de un sentido, de varios sentidos, sin sentido quizá, en pleno uso de mis facultades, o en desuso de alguna otra. Las palabras son, al cabo, las que nos dicen, nos desdicen y nos retratan. Su conocimiento, su uso, su abuso en otras ocasiones, nos definen como lo que somos, lo que nos gustaría ser, lo oculto y lo ocultado, como una suerte de juego del escondite con un dios interno y menor, escudriñador de nuestras palabras.

Sirva esta excusa como excusa para hablar de la perfección de una dama encontrada, de la encantadora belleza de una palabra que es todas las palabras, una palabra que culmina este acto inmarcesible, que no se marchita, inmarcesible, que no se marchita, inmarcesible...

Gilgamesh' word

4 dic. 2006

La improbable historia de un frenazo





No podía ser. Por más que lo intentara, entre silencioso y charlatán, no encontraba la forma de no negarse a decir que no, ni sabía cómo no decirlo, así callara, así hablara, así cantara las cuarenta o las veinte, de menor valor pero que significa sumar. Delante del espejo se repetía que no podía ser, tenía que acabar, debía terminar, urgía la necesidad de evidenciar que no estaba por la labor de expresar un no rotundo. Siempre acababa por liarse y a veces afirmaba, otras negaba y otras que si no lo sé ni me importa y allá que se quedaba tan intranquilo, con el desasosiego de no saber ni qué decir.

Optaba por decir lo que fuera, siempre. En un barrio tan familiar, tan de todos nos conocemos a todos, tan de amigos cercanos que son amigos de otros lejanos, con primos en medias distancias o largas caminatas, y se vio en un problema de difícil solución, del que salió bien, pero que apenas recuerda ya.

Era un niño singular, bajito, desaliñado en el vestir y en el hablar, de compañías eventuales pero de la confianza suficiente. Fuera de su entorno, en un barrio tan cercano como lejano, esperaba junto a su madre al gran caballo de hierro sioux, que pasaba cada cierto tiempo por las entrañas abiertas de su pueblo. Un amigo le dijo que no era capaz. Otro le espetaba que fuera capaz. Y fue capaz. Asomaba el tren por debajo del puente, saliendo de la curva cuando el niño se bajó del andén y pisó las vías. Se acercaba la terrible locomotora, todos gritando como loco, entre alaridos y celebraciones, más cerca, y seguía el niño bailando la danza de los malditos en la vía, cada vez más cerca, una bocina, fortísima, que anunciaba la inminente parada, la imposible parada de la máquina más acá del límite de donde el niño se encontraba, demasiado cerca ya y un pie atrancado entre una piedra, a menos de 5 metros y las caras de pánico, de horror, del niño, de la madre, de los amigos, del maquinista en su primer día, del sol brillando a lo lejos, de las nubes y a 2 metros que chirrían cada vez con más fuerza las ruedas y el niño que ve una luz y se lanza hacia ella.

Subió tranquilamente al andén escuchando los gritos de pánico de su madre, observando un corro de gente que se apresuraba a no se sabe qué, con el susto en el cuerpo. Subió la camilla a la ambulancia y lo último que recordaba era que no dijo que no. Expiró cuando ya se cerraban las puertas de la ambulancia.

No. No era yo ese niño. Habría sido una buena historia del barrio si alguna vez hubiera sucedido de ese modo. Una historia algo trágica, de las que no se olvidan, pero nada. Literatura barata y mala simplemente. Lo único de verdad en este relato, si puede llamarse así, es que los niños de La Pendola jugábamos, en cuanto veíamos venir el tren, a subir y bajar un par de veces desde el andén hasta la vía en la Estación, con gran cabreo de nuestras madres, obviamente. Así éramos, muchas veces, los niños de mi barrio, de La Pendola.
Gilgamesh's Railway

1 dic. 2006


Desde el cielo



Pude ver, con los ojos bien abiertos
al frío del moribundo noviembre, una ciudad o un antiguo pueblo sitiado por catapultas con forma de cruz, nuestra cruz de cada día. Casi era noche cerrada en una de las almenas del castillo, y ayudados por una vela, subimos no sin cierta inquietud, no sin cierta curiosidad, que todo lo puede, a lo alto de la torre más alta. Sobre el suelo reposaban las flechas del anterior ataque, venablos, piedras, los restos de algún pasado recuerdo de alguien que un día fue el vigía. Una nube de arrebol se resistía en el horizonte sucio, indecisa, sin saber si morir o resistir, sabiendo que su destino estaba sellado hasta la tarde siguiente, sabiendo también que la verdadera victoria es la resistencia a lo inevitable.


Pude ver las miles de almas que pululaban entre los restos del cerco, alegres y sin vida, como si nada hubiera ocurrido. Miré hacia abajo, con sorpresa, como si nada hubiera ocurrido, inventando de manera imprecisa la procedencia de una insensata felicidad de cada uno de los espíritus que, sin saberlo, habían muerto al alba, antes siquiera de haber nacido, ese pecado que todos cometemos alguna vez y que otros cometen varias veces.

No sabía con exactitud si el cielo
era mi suelo o si desde arriba estaba viendo una luz a lo lejos, muy lejos, un faro quizá, entre las miles de fronteras artificiales, límites de la mente; o muy cerca, apenas más allá del río, por donde antaño atacaban piratas sin piedad. Tranquilamente recogí una saeta del suelo, o del cielo, y la rompí, como se rompen las lanzas, por mí, por nosotros.


Nos quitamos el yelmo y acercamos la vela a uno de los restos de la metralla. Pudimos leer una extraña inscripción que no acabábamos de entender. Es posible que aquello estuviera allí desde antes de nuestra llegada, escondido de manera silenciosa. Es posible que aquello fuera un adelanto del asedio que todavía nos quedaba por sufrir, apenas comenzado el de hoy o el de ayer. Me acordé de repente de aquella historia numantina, pero también recordé Samarcanda y el Gran Khan, y me entristecí, me alegré a un tiempo y me quedé indiferente luego.

Miramos de nuevo a nuestro alrededor
y decidimos bajar de la almena, después de ver nuestra segura derrota, que no por segura sería menos costosa para los otros, los que desde allá lejos nos miraban a través del catalejo, entre risas, entre nuestras lágrimas, que cayeron como agua del cielo, de las nubes, de aquella nube de arrebol en que nos convertiríamos, resistiendo hasta el final, hasta esa pequeña e íntima victoria.


Y no fue desde el cielo de mi barrio,
el cielo de La Pendola, del suelo de La Pendola. Más allá o un poco más cerca puede suceder, o sucedió.
Gilgamesh On Top