23 abr. 2007

Jazzmen



La letanía de fondo no enmascara unos dedos y unos pulmones que afloran en la parte de atrás de la garganta. Unos dedos que se contagian del ritmo acabado, alternando entre tónicas, en tiempos, in crescendo, dejando caer sobre un costado la bajada siguiente, creando un break que apenas roza la sencillez para terminar bajando hacia la sensualidad de un placer consumado, descansando al final de la noche de Túnez.

Y le cantas a tu padre, acompasando el canon del equilibrio, rompiéndolo después, para, de fondo, acompañar de nuevo la simetría hasta dejarla caer y emerger desde muy abajo. Subes la cuesta, muy poco a poco, izquierda y derecha, a ritmo, como un ciclista, como un reloj que da las horas cuando le da la gana porque tu padre lo merece, con todos los dedos, golpeando por momentos el cerebro, dejando paso sin descansar al fondo, mano a mano; de pronto, así lo requiere, subimos los tres, los cuatro, muy rápido pero contenidos, y al tiempo muy fuerte, alternamos, nos complementamos, cerramos los ojos, y bajamos de nuevo la cuesta, descansamos y atacamos de nuevo la simetría, cadenciosa, abriendo un hueco en las fuerzas que no nos habrán de faltar un poco más adelante… aunque paremos.

Y tienes el ritmo, muy lento al principio, falsa apariencia, porque lo es. Apareces y desapareces levemente para salir con fuerza, apartando a los demás, dejando atrás el miedo, olvidando por momentos el caballo blanco desbocado, sosteniendo a duras penas la genialidad, rozando con los dedos el cielo cercano, afirmando, como no queriendo darle importancia, que, de verdad, tienes el ritmo, tú y los demás. Hasta el final quedas tú solo conmigo, sin que te abandonen las pocas fuerzas que te quedan, arriba y abajo, izquierda y derecha, sobre el mismo eje, dibujando las notas a modo de mariposa batiendo alas, imprevisible, llegando a la cima para caer desde lo más alto.

Son mis palabras que intentan traducir sin éxito la buena nueva que fue para mí el pasado reciente. Porque ahora también sois yo, también miro con vuestros ojos, miráis con los míos, Gillespie, Silver, Parker, como ejemplo de la fascinación. No se me enfaden eruditos. Sólo son cosas de un neófito y torpe aficionado que busca de nuevo una nueva esencia.

Gilgamesh wannabe a jazzman

19 abr. 2007

El gris

A nadie le va a importar, ya sé, pero tiene su importancia; al menos, para mí la tiene. He decidido cambiar el aspecto del blog, pasar del verde al gris de un plumazo, sin previo aviso, pero con alguna concesión, mínima, a la antigua imagen verde de este pedazo de retazo de trozo de Red que ni siquiera es mío.

Tenía ganas de cambiar, de visualizar, hacer tangible-virtual aquello que quería, que me describe mejor, que responde a la inquietud de una necesidad casi innecesaria, pero necesidad al cabo. Paso del verde al gris del cielo gris. Paso del verde de una extensa pradera de las que ya van quedando pocas, y por estos lares casi ninguna, al gris de la plata vieja que se oxida en un cajón cualquiera.

Y tenía el impulso de hacerlo, la necesidad innecesaria irrefrenable que se apodera de mi mente de manera obsesiva, como aquellas veces, que van siendo las menos, en que las ganas de escribir y de contar una historia me desbordan por ambos flancos, me rebosa el pensamiento de pensamientos y me tira contra una pared en la que, indefectiblemente, me he de estrellar en el tiempo que va, casi un segundo, del éxito de la mente al fracaso de la materia, de aquello que quise escribir con la perfección de un alma en que no creo hecha jirones pero brillante, de aquello que, al final de la calle, del río, en la desembocadura de la muerte de las palabras, fue un quiso y no pudo, luego, no fue sin más.

Son maneras de cambiar, de cambiarte, de reciclarte o empeorarte. Son maneras y no lo son porque son formas, sólo formas, porque el fondo permanece, inmarcesible, alimentándose de lo nuevo que llega, de lo viejo que ha madurado, de lo que fermenta para hacer otra cosa y transformar el mismo fondo que lo acoge y que cambia con esas pequeñas cosas que te matan o te dan vida al mismo tiempo, porque, quieras que no, sobrevives o malvives, pero, prefijos aparte, vives, que no es poco, al igual que amanece todos los días, o el amanecer de hoy que es el primero del primer día del resto de tu vida. Sí: hablo del tiempo gris. Hablo de nubes negras casi grises; de días que son inconstantes y ni parecidos al anterior, por las muchas pequeñas cosas que se abren paso desde la forma hasta el fondo por el conducto de algún recuerdo, por tuberías laberínticas inextricables y sin sentido, pero que llegan y llegan, sabiendo si no el camino, sí el destino final de esa parcela de mente, de alma, de corazón, de espíritu o suerte. Llamémosle gris, como la palabra gris, simple y triste.

Gilgamesh on grease

16 abr. 2007

Tenía que ocurrir


Efectivamente,
tenía que ocurrir, era inevitable este parón, esta suspensión de la actividad bloguera... Entre tanto, media una vida, casi, concentrada en tan pocas gotas que cada una pesa una tonelada. Entre tanto, yo conmigo mismo y fuera de mí. Han sido frecuentes, diarias, las vueltas al barrio, donde la vida no ha cambiado a pesar de que la han querido cambiar en el imaginario, pero no. Valga este intermezzo de disculpas conmigo mismo y valga un voto de autoconfianza para continuar contando las cosas como las vivo, ergo, como son, que para eso es mi vida y mi percepción, a pesar de que sea consciente, quizá demasiado, de que hay más, mucho más...
Gilgamesh' back?