19 jul. 2006

Logotipos raritos...


Hace un tiempo que me vengo fijando, por cuestiones laborales, en el asunto de los logotipos para empresas e instituciones. Ese mundilo es como todos: hay trabajos magníficos, buenos, regulares, lamentables y, los mejores, confusos. No hay más que fijarse en el siguiente logotipo:

¿Qué veis? Pues lo mismo que yo... Pero no. Se trata de un templo con el sol naciente detrás, símbolo del Instituto de Estudos Orientais de Brasil. Aunque parece otra cosa...



El siguiente ejemplo es mejor incluso porque, ¿se trata de la clínica de un pediatra o de un pederasta? Juzgad por vosotros mismos.




Por eso, existe desde hace tiempo un
premio (honorario, por supuesto) para los logotipos con reminiscencias fálicas. Y para muestra...



Pero el ganador ha sido, por amplia mayoría, el primer logotipo que os he enseñado. Pues que se queden el diseño que yo me quedo en La Pendola.

15 jul. 2006

Te metes la terraza por el culo



Tengo por costumbre no entrar, a menos que tenga una relación cordial con el propietario, en discotecas, bares o terrazas que tengan uno, dos o tres porteros a la entrada. Su simple visión me hace caer en la cuenta de que el local no merece la pena. En tiempos, esa circunstancia no era común por estos pagos, así que tuve que descubrir la existencia real de tan brillantes personajes en mis exilios estudiantiles. La experiencia de aquellos años me enseñó que un portero en la puerta suele ser señal de una actitud recalcitrantemente clasista del dueño del garito en cuestión.

Y volví a Lepe, ya no a mi Pendola, aunque la sigo llevando por bandera, y el turismo de masas empezó a generar beneficios económicos y pérdidas insospechadas de calidad de vida (nocturna) de un servidor y supongo que de mucha gente. Durante la época de esplendor de El Terrón, por lo menos, había una oferta, llevémoslo a esos áridos términos económicos, variada. Se podía elegir entre varias opciones y mi elección siempre fue el Vértigo, por muchísimas razones; entre ellas, el buen rollo que se respiraba allí, a pesar de los comentarios negativos de mucha gente, generalmente imbéciles mal informados o con un coeficiente intelectual inferior al de un babuíno, o ambas cosas. Claro que en los alrededores se consumía droga, pero menos que en otras zonas y locales. El Vértigo era juzgado por la apariencia de los que allí nos congregábamos, generalmente gustadores del rock, gente de pensamiento distinto al del resto de moradores nocturnos del puerto. Y también había fama de que allí no se ligaba, pues no iban mujeres... Me carcajeaba de la ignorancia supina de aquellos que proferían esas palabras: allí se ligaba mucho más fácilmente que en otros locales, por cuestiones meramente de afinidad, bien ideológica, bien musical, bien estética.

El caso es que esta visión del Vértigo tiene mucho que ver con el clasismo, aplicado, vanalmente, lo sé, pero es una señal, al ocio nocturno, a la movida o como se quiera llamar.

Alguna vez me quise salir del Vértigo para entrar en otros locales, y en la mayoría de ellos no tenía ningún problema. Me gustaba especialmente el Talismán del gran Rafa Toscano y el Galeón del no menos grande Cipri. Pero cierto día, quizá siguiendo a mis amigos, me dispuse a entrar en el Cabo Coco, que más o menos así se llamaba -y se sigue llamando, por lo visto- el garito, bueno, el local, pues no merece la connotación de "garito". Allí, el lumbreras del portero, que se expresaba como un niño de 7 años que va al logopeda, me dijo que no podía pasar con esa ropa. Como no soy de discutir y además tampoco tenía mayor interés por adentrarme en los mundos de Yupi que era aquel local, me largué y punto, pero me prometí que nunca jamás en mi vida volvería a intentar siquiera entrar allí. Y lo cumplí.

Ha pasado el tiempo y la cosa ha ido empeorando: El Terrón, en su mayoría, es casi un despojo de lo que fue, excepto por una cosa: el Puerto de Indias. Y aquí sobreviene la tesis principal de mi digresión.

Nunca he entendido por qué la gente se empeña en querer ser tratados como auténticos -sé que suena a tópico, pero es así- borregos: espera adocenada en una larga cola, con la muy real posibilidad de quedarse fuera, porque al genio de turno no le guste algo de ti: bien tu cara, tu vestuario, tu cuerpo... Y por ahí sí que no paso.

Decíamos del Puerto de Indias. El año pasado por estas fechas, abría, con gran e incomprensible éxito de público, el entonces llamado Oxi Buda -o como quiera que se escriba-, con una filosofía clara: sólo la llamada "beautiful people" podía entrar allí. El caso es que la actitud de los dueños del Puerto de Indias era un clonaje perfecto de aquélla. Pero, como se dice, "esto es como tó": al personal le dio por irse al Oxi Buda. El propietario del Puerto de Indias, se enrabietó y acudió a una reunión que habían convocado las Juventudes Socialistas para abordar el tema de la movida nocturna. Uno de los que más intervino en aquella charla fue este absurdo personaje, un tipo algo lelo, venido de Sevilla, y dispuesto a hundir a cualquier precio a su competencia. Ante mi asombro -yo también asistí a la reunión- veo que el tipo empieza a aducir razones para atacar al otro que me cabrearon un mucho, y una de ellas era el trato que recibían los jóvenes allí, en el Oxi Buda, en la puerta especialmente. Pensé para mí que había que tener la cara muy dura para decir aquello y me callé por no liarla. Pero tendría la oportunidad de vengarme.

A finales de agosto, el Puerto de Indias comenzó a recuperar algo de público. Y el dueño del local, de nuevo, volvió por sus fueros: además de clasista, discriminador. Mi pareja y una amiga querían ir a buscar a una tercera amiga dentro de esa terraza. Pasaron las dos pero el dueño, el mismo tipejo que fue a quejarse, a llorar como un cobarde pidiendo ayuda a políticos y no políticos, me paró en seco y me pidió 6 euros por entrar. Claro. Me mosqueé. Le dije que se dejara de cachondeo y que me dejara pasar sin más. Me dijo que no, que eran 6 euros, por ser hombre... Así que le grité en su cara de boniato: "Pues luego no vayas llorando por ahí como una maricona (perdón por lo ofensivo del comentario, pero me salió así) quejándote del 'otro'". Al principio no pareció entenderme, pero al momento, sus dos neuronas interconectaron y recordó. Yo, fiel a mi deseo de vengarme, le aconsejé que no fuera a una próxima reunión sobre el tema, porque allí hablaríamos todos y bien clarito. Me preguntó que si le estaba amenazando: le dije que le estaba diciendo la verdad y que si quería tomárselo de esa forma, mejor. Me hizo otra pregunta: que a qué me dedicaba yo. Le respondí. Él espetó que se dedicaba a eso y yo lo sentencié con que yo no me hubiera intentado aprovechar de alguien que me había querido ayudar en el pasado, ni discriminaba a la gente en mi trabajo en función de su clase, sexo u otras tendencias.

El tipo se dio la vuelta y bajó la cabeza. Mi venganza estaba servida, pero aún quedaba el remate. Con cara compungida, finalmente -el tipo, además de clasista, era un pusilánime: yo, al menos, me hubiera mantenido en mis trece y si soy un capullo, lo asumo pero tú no entras- me dijo que podía entrar. Y mis palabras exactas fueron: "ahora te metes la terraza por el culo". Y me quedé en la puerta, triunfante, desafiante, viendo cómo el panoli dejaba entrar a "mis" dos chicas y yo me quedaba fuera el rato que tardaran en encontrar a la tercera amiga, sin darle el placer de verme entrar en su mierda de local, aguantando la dignidad de aquellas palabras que le solté a la cara.

Aunque mi actitud podía parecer chulesca, que lo fue, pudo haber sido peor. No caí en ese momento en llamar a la Guardia Civil para denunciar al figura por discriminación, cosa que podéis hacer vosotros si se os da un caso parecido.

Desde entonces, me cuido mucho de entrar en locales que tengan portero en la entrada: no hay cosa que más me reviente que el clasismo. La masificación de La Antilla tiene muchas cosas negativas, y una de ellas es esto que comento. Ahora, el Oxi Buda se llama Opium Garden, una terraza de ambiente supuestamente selecto, con las mismas pamplinas del Puerto de Indias pero elevadas a la decimoquinta potencia. Y es que Opium Garden pertenece a un grupo de discotecas, terrazas, locales, no sé bien cómo definirlos, denominado The Opium Group, con sede y símbolo en Miami (ciudad que odio), a donde sólo puede accerder la pretendida "crème de la crème". Y para muestra un botón: el día de su inauguración pasaron por allí una cantidad considerable de "famosos" de los de segunda fila, en representación de la supuesta "beautiful people" que comentaba anteriormente. Un auténtico repertorio de intelectuales, vamos.

Pues eso aplicadlo a La Antilla y obtendremos como resultado otra terraza que no pienso pisar en mi vida como usuario.

No es todo lo que podía decir del ocio nocturno veraniego de ahora, pero la esencia está ahí. Menos mal que estas cosas no ocurren en mi barrio. En La Pendola.

Gilgamesh making friends

10 jul. 2006

EXPOSICIÓN VIRTUAL

Bienvenidos a mi primera y quizá última exposición virtual. Lo normal en estos casos es justificar los motivos que te impulsan a embarcarte en este tipo de "eventos". Pero no. Yo no soy artista. Sólo parto de una pulsión que nació en mis adentros hace unas semanas. Tenía que satisfacerla y el que sigue es el resultado. Como dedicar me parece pretencioso, voy a omitir ese trámite. Simplemente pasen y vean a LA mujer despojada de todo tópico.
Gilgamesh on green

Green Woman (De) Construction

"Vivir, dormir, morir: soñar acaso", dijo Hamlet. Y un sueño tiene que nacer. Como todos. Como nosotros. Nacemos, crecemos, nos reproducimos y morimos. Una cadena. Una cadena con un principio, siempre el mismo principio. Lo primario. No. No fuimos hechos con barro mas sí somos carne. Carne y lo que damos, unos sí, otros no, en llamar espíritu. Soñar acaso. Soñar en verde. Soñar la esperanza de lo primario. Un acto de amor, de fuerza, de animalidad, instintivo, ansioso, calmo, trémulo, todo a un tiempo. A un tiempo. Deconstruido o analítico o sintético. En verde, en esperanza. Primario e irracional y racional al cabo, como la belleza femenina, de mujer, primaria, deconstruida y verde. Nada podemos contra la potencia de su vientre creador.



Ni contra el verde. Su pelo verde, rubio, castaño pelirrojo: cabello de mujer



Mujer que nos mira, mirada verde deconstruida-analítica-sintética, que nos vuelve a mirar, empieza a excitar nuestro cerebro aturdido.



Miradas, desde el ángulo imperfecto de los rostros que nos miran, perfilando el verde mujer.



Bajo su mirada late su corazón verde, que nos lleva en dulce viaje hacia la irracionalidad de un corazón, instintiva succión de bebés, entre el verde de su corazón, y el verde de su latir por la esperanza de la supervivencia.



Agarrados a la supervivencia. Las ganas de abrazarla no cesan, ni la esperanza de un abrazo tierno y fuerte, ceñido, verde, esperanzador, de un mundo mejor, más amable y amado.

Y también alrededor de su cuerpo de mujer deconstruida llegamos a la excitación de los sentidos en todos los sentidos, del espíritu, que sigue bajando y buscando la plenitud en verde esperanza.




Por eso, bajo los pies dominadores de la mujer verde y deconstruida somos capaces de someternos a una belleza incondicional e ideal, observando un espacio inabarcable, sinuoso e insinuador.



Insinúa la mujer en verde y portadora de nuestro gen primario, hacedor de vida y locura, que nunca da la espalda a su condición de ideal; por eso la desnuda y nos la ofrece como en sacrificio por la esperanza.



Después del sacrificio llegamos a la calma, volvemos de lo primario al sueño, al descanso, saciados los sentidos, verdes, girando la ruleta del dormir, soñar; nacer es empezar a soñar. La mujer deconstruida y en verde duerme. Vuelve a nacer. "Vivir, dormir, morir: soñar acaso", dijo Hamlet. Verde. Esperanza. Primario. Porque podemos estar hechos del material con el que se construyen los sueños. Esa materia prima es la carne. De mujer.

6 jul. 2006

La robona




Hacer novillos, hacer pellas, hacer rabona, en Lepe y en mis tiempos de niño, era hacer la "robona". Desconozco cómo se le llama ahora por La Pendola y por Lepe a esa misma acción, porque, además tengo muy poca experiencia en esas cuestiones... La primera vez que hice la robona también fue la última y no porque no fuera un rebelde, que no lo era, sino porque me gustaba en, en su justa medida, eso sí, el colegio.

Se acercaba ya el verano y estas cosas del horario escolar continuo no se llevaban todavía. Salí de la escuela a la hora de comer y en la puerta de mi vecino Franci estaba su primo Jose que, a pesar de ser de La Pendola, iba al colegio Río Piedras, pues así lo quería su madre. Jose me dijo que no tenía que ir a clase por la tarde y que si quería acompañarlo al puente de la Tavirona. Le contesté que sí que quería, pero que no podía, que yo tenía Plástica después de comer.

-Pues haz la robona- me dijo Jose.

-¿La robona? Me matan como me cojan...- contesté yo, mientras me empezaba a rondar por la cabeza la idea de hacer a robona.

-Venga ya,-replicó- que no se va a enterar nadie.

No hizo falta mucho más para convencerme. Por primera vez en mi vida, iba a hacer la robona.

Comí más deprisa que de costumbre, con ansiedad."Hacer la robona", pensaba casi obsesivamente. Terminé de comer y me dispuse a ver un poco la tele antes de "regresar" al colegio. Miraba hacia la pantalla pero sin prestar atención: estaba preparando mi plan de fuga, que luego no sirvió de nada, porque todo resultó más sencillo que el intrincado entramado de acciones que pretendía llevar a cabo.

Salí de mi casa con la mochila a los hombros, aunque rara vez la llevaba por las tardes al colegio: las asignaturas que se impartían a esa hora no eran precisamente de las fuertes. Pero yo tenía que llevarla para no dar lugar a la sospecha. En condiciones normales, si alguien hubiera querido pensar mal, me habrían pillado en el momento, pero quién iba a decir que el niño se iba a saltar las clases.

Llegó el momento de entrar a colegio y enfrentarme al reto. Como digo, todo resultó sencillo: no dejé verme por la puerta del César Barrios hasta que todo el mundo hubiera entrado en clase. Tenía la obsesión de que por lo menos, y de nuevo para no levantar sorpresas, debía entrar en las instalaciones del centro, cosa que hice. No había ni un alma en el patio y crucé a toda prisa las pistas deportivas para saltar la reja del colegio hasta la explanada que había junto al mismo y de ahí, como habíamos convenido Jose y yo, a los Siete Cuellos.

Con el corazón a cien, le dije a Jose que se diera prisa en tomar el camino del puente, que no era otro que la propia vía del tren.

Ya lejos de La Pendola, del colegio, de los mayores, de todos, respiré más tranquilo, pero no mejor, porque la mochila empezaba a pesarme, pues dentro iban todos los libros y libretas que utilizaba normalmente en clase, y para colmo, hacía un calor infernal: eran las 4 de la tarde.

Una escapada, una robona como aquella, levemente premeditada, dejaba muchos cabos sueltos. A medida que avanzábamos hacia el puente de la Tavirona, íbamos dejando atrás campos y más campos, árboles y más árboles, animalitos y más animalitos, pero no al sol, que apretaba cada vez con más fuerza. Con todo el calor del mundo sobre nuestros esfuerzos, llegamos por fin al puente. En aquellas circunstancias, sólo ver el río me reconfortaba, aunque muy poco. Agua... Cruzamos el puente y vi a Jose muy dispuesto a seguir.

Jose explicó -yo sólo había llegado a pie hasta la Tavirona - que más adelante había otro puente, muy pequeño, que cruzaba un riachuelo donde podíamos beber agua. Efectivamente, un par de cientos de metros más allá, en término municipal de Cartaya, estaba el puente, el arroyo y una casa junto a ellos. Bajamos rápidamente al lecho del arroyo y observamos que el agua tenía un color raro. Pero nos daba igual: nos pesaba la sed y esfuerzo y, especialmente a mí, esas dos cosas y la mochila. Nos agachamos y pusimos nuestras manos en forma de cuenco para llevarnos el preciado y líquido elemento a la boca. Nada más tocar el agua sentimos que estaba muy caliente, casi hirviendo, vamos. Miré a mi alrededor y me di cuenta de que era la única parte del pequeño río en la que el agua estaba estancada y que el agua corriente quedaba fuera de nuestro alcance. No había más remedio que beber. Y eso hicimos.

No me quiero ni acordar de lo desagradable que fue beber esa agua cenagosa; además, cerca de allí había campos de fresa, por lo que probablemente el agua estaría contaminada. En ese momento decidimos que se había acabado la escapada y mi primera y última robona. Volvimos como pudimos a La Pendola por el mismo camino por el que vinimos, destrozados, cansados y con unos retortijones de leyenda. Tuve que esperar a que fuera la hora aproximada de mi llegada diaria a casa para entrar, una vez más, para no levantar sospechas. Por fin tenía un poco de sombra bajo la que cobijarme. Se había acabado aquella mi primera robona. Nunca le contamos lo ocurrido a nadie del barrio. De mi barrio. De La Pendola.

Gilgamesh's escape

5 jul. 2006

La casa del Escopetón



No estaba precisamente en La Pendola, pero sí en un campo aledaño. La casa del Escopetón llevaba varios años deshabitada en medio de un campo detrás del cuartel de la Guardia Civil. Junto a la casa existían dos cosas que nos llamaban la atención: una higuera enorme y, sobre todo, un gran pozo al que se podía bajar por una puerta que llevaba hasta el agua.

El Escopetón siempre fue un hombre huraño, cascarrabias y viejo. Hasta nuestros oídos de niños curiosos habían llegado un par de historias sobre su vida. Se decía que el Escopetón había estado en la Guerra Civil y que a su vuelta se instaló en aquella casa para no volver a relacionarse con nadie nunca más. Pero, sobre todo, que en su casa guardaba todavía armas y otros enseres de guerra que pensaba utilizar contra todo aquel que osara romper su aislamiento. Eso siempre hizo, cuando éramos más pequeños, que jugáramos a una distancia prudencial de la casa del Escopetón. Como muy cerca, nos paseábamos y hacíamos diabluras en el regajo junto a la cuadra de Carlos, al final del camino de Valdepegas.

Pero fuimos creciendo y éramos cada vez más audaces, pues dos años en la infancia son muchos años y de ser unos pipiolos pasamos a ser todo un comando organizado para asaltar la paz del Escopetón. Poco a poco, formábamos grupos, auténticos comandos que, desde el lecho del regajo, corrían cruzando de norte a sur el campo del Escopetón, con premio especial para el que fuera capaz de golpear la puerta de su casa y salir vivo... Nadie murió, por supuesto, pero sí que nos corría la adrenalina cuando el Escopetón se daba cuenta de nuestra presencia y salía al rellano para insultarnos y amenazar con que iba a coger su escopeta para pegarnos un tiro.

Aquellas incursiones por el campo del Escopetón no eran diarias, claro: teníamos muchas otras cosas que hacer, como jugar al fútbol, a la flecha, a la botella, poner petardos en los zaguanes de las casas y otros juegos que no podíamos dejar pasar.

Al cabo del tiempo, el Escopetón murió y su casa quedó deshabitada, la higuera, seca, y el pozo no tardó mucho tiempo en ser tapado. Ahora que ya no estaba su dueño, los alrededores de la casa se convirtieron en nuestra zona de reuniones, eso sí, sólo los alrededores, porque nadie era capaz de profanar o allanar el lugar de retiro del Escopetón, la casa, porque temíamos que su espíritu la vigilara. Pero la temeridad de un niño es imparable y decidimos que teníamos que entrar, aunque por la tarde y ocultos a los ojos de los mayores. No recuerdo quiénes entramos exactamente, pero entramos.

Lo primero que nos llamó la atención fue que abrimos la puerta con suma facilidad. Ahora quedaba girar el picaporte y entrar en la casa del Escopetón, en su santuario de soledad, en el hogar del hombre huraño y casi desconocido. La casa no era muy luminosa y casi todo estaba en penumbra. En los arcos de madera del pequeño pasillo colgaban grandes telas de araña, y a los lados se abrían las distintas habitaciones. Entrando en la casa a la derecha había una habitación que parecía hacer las veces de trastero. Sin duda, pensamos, ahí estarían las armas de la guerra. Miramos por todo el cuarto, donde se amontonaban cientos de objetos que tenían la pinta de ser muy antiguos, junto a los aperos comunes para las labores del campo, porque junto a la casa siempre hubo un pequeño huerto. Nada que nos llamara la atención más que unos almanaques un tanto subidos de tono, oro para niños, pero de las armas ni rastro. Pero bajo un montón de trastos que nos parecieron inútiles atisbamos un baúl. "Puede ser que..." dijimos todos al mismo tiempo. Apartamos los objetos y, efectivamente, había un viejo baúl que abrimos con emoción y un rastro de temor. Dentro del baúl, más trastos... Pero contenía algo que hizo que tembláramos de inquietud y deseo. "TNT", tres letras impresas sobre una caja de madera, tres letras que nos descubría la verdad del Escopetón. Alguien, con la mano temblorosa, se dispuso a abrir la caja. Nadie dijo en ningún momento qué íbamos a hacer con aquello, y creo que ni siquiera lo pensamos. La tapa de la caja chirriaba conforme se iba levantando y... susto. No, no eran cartuchos de dinamita ni armas: dentro de la caja había decenas de ratas muertas, casi en estado de momificación. Aparte del disgusto, nos llevamos en nuestras pituitarias un olor horrible. Nunca habían existido las armas. Salimos algo decepcionados de la casa del Escopetón pensando en lo que pudo ser y no fue. Supongo que desde entonces el Escopetón descansó en paz, quizá sabiendo, desde la otra vida, si es que existe, que aquellos niños en el fondo sólo querían conocerlo un poco más de cerca.

Cerramos la puerta y no volvimos a entrar más. Contamos lo ocurrido a nuestros amigos, que nos esperaban en el banquillo del estadio y nunca más volvimos hablar del asunto, de esta historia del barrio. De mi barrio. De La Pendola.

Gilgamesh on fire

3 jul. 2006

Un desconocido en el coche abandonado


Llegó tan de improviso que nadie se dio cuenta de su presencia hasta los dos o tres días. Alguna mañana de algún sábado de la primavera, estábamos todos disputando uno de aquellos partidos épicos al sol del mediodía. Al tiempo que Diego chutaba y yo volaba de palo a palo, en una de mis características palomitas de portero a lo Buyo, mi mano derecha atajó la pelota y se escuchó un grito:

-¡Eh! Mirad ahí...

Mientras me levantaba del manto de guijarros que era el suelo, salieron todos corriendo hacia el coche abandonado que había junto a la puerta lateral de la casa de Camacho. Una vez de pie, recogí la el balón y también salí corriendo hasta donde estaban arremolinados mis amigos.

Dentro de una Seat Terra oxidada, un desconocido, que sin duda había pasado la noche allí, intentaba desperezarse ante la atónita y curiosa mirada del grupo de niños que conformábamos.

- Buenos días- dijo el desconocido.

- ¿Qué haces ahí?- inquirió Franci.

- Dormir- respondió el desconocido. - Llevo aquí un par de días. Estoy buscando trabajo y no tengo otro sitio en el que quedarme.

- ¿De dónde eres?- preguntó Jose.

- Del norte y de ningún sitio...- dijo misteriosamente el desconocido.

El desconocido hablaba de una manera tan extraña para nosotros que nos fascinaba. Pronunciaba todas las letras de las palabras, incluidas las eses que aquí se nos resisten, porque no las consideramos propias de nuestro habla. El desconocido vestía prácticamente con harapos y, cuando sonreía, enseñaba una fila de dientes totalmente mellados, cosa que nos impresionó bastante.

Aquella noticia fue un íntimo revuelo en todo el barrio. Todo el mundo quería conocer al desconocido, quien se prestaba gustoso a explicar de su vida y de su obra. El desconocido cayó en gracia a las humildes gentes de La Pendola y al poco tiempo era un vecino más, sólo que vivía en una casa un tanto particular. Las vecinas del barrio se encargaban de proporcionarle a diario comida y hasta mantas para que no pasara frío por la noche dentro del coche abandonado. Al poco, el desconocido ya entraba en algunas casas, pues tenía fama de manitas y era capaz de arreglar cualquier electrodoméstico.

En mi casa se había quemado el motor de algún aparato y mi abuela llamó al desconocido para que lo arreglara. Yo me sentí muy feliz de tener al protagonista de aquellos días en mi propio hogar. Allí, en el salón, mientras detectaba el problema y reparaba la avería, charlaba amistosamente con mis abuelos, contando, una vez más su historia.

Al poco tiempo, el ayuntamiento dio orden para que la furgoneta abandonada fuera retirada de una vez por todas. El desconocido se iba a quedar sin casa. Pero las autoridades no contaban con la resistencia de unas gentes dispuestas a defender el hogar del nuevo vecino. El día en que llegó la grúa para llevarse la Terra, decenas de mujeres esperaban junto al vehículo para recriminar tanto a la policía como al ayuntamiento su actitud de querer despojar a una persona de lo que había sido su hogar. Pero las leyes son las leyes y están para cumplirlas. El desconocido tenía que irse a vivir a otro lugar.

A partir de entonces todo cambió. El desconocido empezó a caer en desgracia y aún desconozco el motivo, pero tuvo que irse del barrio para no volver a aparecer jamás. Todo cambió. Ya no era bienvenido en La Pendola. Algo habría hecho. Algo muy malo, pues todos los que hablaban bien de él, ahora lo hacía echando pestes de su actitud. Y todos , menos yo, que nada sabía, tenían que ajustar cuentas con él por no sé qué extrañas razones.

Estábamos sentados en el banquillo de nuestro estadio particular cuando alguien dijo haber visto al desconocido en "los Siete Cuellos" dispuesto a irse del pueblo. Franci, que de verdad tenía ganas de pillarlo, dijo que lo acompañáramos y eso hicimos. Yo la verdad, es que les seguía por hacer tiempo, puesto que no sabía nada de lo ocurrido. Localizamos al desconocido frente al hotel Camelot y allí lo rodeamos. Franci, alterado, empezó a insultarle.

- ¡Eres un mierda!- gritó Franci.

- Lo sé, de verdad... Perdonadme...- dijo el desconocido casi con lágrimas en los ojos.

- Espero no volver a verte por aquí, porque ahora estoy yo, pero si llegan a venir todos los que te quieren coger, te la hubieras llevado- amenazó Franci.

- Vale, vale- respondió el desconocido casi descompuesto.

Todavía hoy desconozco el motivo de aquella caída en desgracia del desconocido. No recuerdo ni su nombre. Pero lo que sí se me quedó grabado a fuego en la memoria fue su partida. Con una mochila al hombro, el desconocido salió a la carretera y comenzó a caminar con rumbo a Cartaya bajo el sol de un mediodía primaveral de sábado. El desconocido echó una mirada atrás y continuó caminando hasta que su figura se perdió tras la curva de la Jeza. Terminaba de este modo un episodio más de nuestra infancia en el barrio. Mi barrio. En La Pendola.

Gilgamesh's memories.